Wireless VIII

Patricia se sentía frustrada y de mal humor por haberse quedado a medias de un trance que ahora, unos minutos después y con la cabeza fría no comprendía cómo la podía haber sorprendido de aquel modo. Maldecía en silencio mientras buscaba por su habitación el embalaje original del nuevo terminal para sacar el cargador y de este modo poder rellenar su famélica batería. Al final recordó que había dejado la caja sobre la mesa de la cocina, así que bajó las escaleras en dirección a su cargador.

Allí, y después de localizar la caja, tomó un vaso para reponer líquidos pues se encontraba sedienta. Abrió la nevera buscando la botella de agua que había puesto a refrescar, y destapándola llenó su vaso hasta arriba. Lo acercó a sus labios y lentamente tomando su tiempo para dejarse refrescar, sorbo a sorbo fue vaciando el contenido del vaso. Sintió como una gota de agua fugaz, que escapó justo entre la unión de su labio inferior y la superficie del vaso, se deslizaba por su barbilla y por su cuello. Se deleitó sintiendo aquella gota refrescante deslizarse por su escote y más abajo entre sus pechos. Un escalofrío placentero la recorrió desde la parte baja de la espalda hasta la nuca sorprendiendola con una nueva sensación de bienestar. Patricia rellenó su vaso de nuevo, para volver a tomar agua y saciar su sed pero esta vez, cuando se encontraba a mitad del contenido, aflojó la presión de sus labios ligeramente, dejando que el agua escape por la parte inferior de su boca sus comisuras. Fue un delicado reguero de agua el que recorrió su cálido cuello, y se desvió por el lado derecho de su canalillo acariciando uno de sus pechos desnudos con aquella refrescante sensación de placer. Sintió la dulce tirantez de su pezón al encogerse con el maravilloso y placentero contacto del agua. Cerró sus ojos para dejarse inundar y lentamente acercó la botella a su otro pecho que no tardó en reaccionar del mismo modo mientras su respiración se aceleraba.

Dejó el vaso sobre la encimera de la cocina y apoyándose sobre la nevera, deslizó su mano por su vientre subiendo despacio hasta envolver su pecho delicadamente, acariciándolo con sus dedos justo por debajo, para después bordearlo delicadamente por su parte exterior hasta coronar la cima de su tierna y delicada protuberancia reciente. Deslizó la yema de su dedo por el borde de su aureola mientras, con su otra mano, vertió delicadamente de la botella un hilo de agua fría desde la parte superior de su pecho, que como un ejército invasor formado por diminutas e imperiosas gotas de agua, descendió por su piel llenándola de las más deliciosas y refrescantes caricias. De nuevo un escalofrío la recorrió pero esta vez fueron sus piernas las que temblaron llevando la dulce corriente hasta explotar como diminutas burbujas a la altura de su ombligo.

Patricia dejó la botella de agua en el suelo. Hizo girar la mano sobre su pecho hasta envolverlo y sentir su pezón suavemente atenazado por el intersticio de sus dedos índice y corazón, y levantándolo delicadamente hacia arriba mientras sus dedos se cerraban sobre su dulce presa, dejó que su garganta liberara un gemido de pura y famélica necesidad. Patricia bajó su otra mano por el vientre y con la punta de los dedos oteó la frontera de su braguitas que rebasó sin pensarselo, y por encima de la delicada tela presionando con delicadeza la zona de su pubis ultimó los últimos centímetros que separaban sus yemas de su encendida feminidad.

Patricia presionó con delicadeza la suave línea que trazaba su excitación justo debajo de sus dedos para sentir el vibrante calor y la incipiente humedad que la consumían. Se recreó en la suave textura de la tela justo por encima sus labios y se sintió desfallecer cuando deslizó sus dedos hacia arriba con la presión justa para rozar su punto más sensible. Fué una sutil caricia pero su cuerpo entero vibró de puro placer por cada milímetro que recorrió con la yema de sus índice.

Patricia se acercó temblando a la mesa de la cocina y abriendo la caja de su terminal sacó el cargador y el cable de carga para después conectarlos a su teléfono móvil. Se relamió mientras sentía una excitación desbordante crecer dentro de ella. Podía sentir el modo en que la sangre latía en sus sienes, su respiración entrecortada, la excitación en su vientre, y como lentamente y más abajo entre sus muslos el rocío empapaba los delicados pétalos de su intimidad. Dejó el móvil sobre el banco de la cocina y acercó con una mano nerviosa el cargador al enchufe, y después de una inspiración profunda lo hundió en la toma de corriente.

(Continuará…)

Wireless VII

Patricia llegó a su casa sobre las 7 de la tarde, después de una carrera apresurada desde la estación de autobuses, y con la extraña sensación de que todas las miradas se posaban en ella. Abrió la puerta de su casa y saltó de 2 en 2 sobre los escalones que subían hasta su habitación. Dejó el bolso en el suelo y saltando a la pata coja, se sacó los zapatos lo más deprisa que pudo para lanzarse sobre la cama y sacarse los pantalones que llevaba puestos. Acto seguido, se sacó las braguitas con urgencia y las sostuvo entre sus dedos, observándolas y buscando explicaciones a lo que le había ocurrido en el parque. Aquella se habían movido sobre su piel, literalmente, estaba segura de ello. Lo había sentido.

No había ni rastro en la tela de su humedad, y de forma inconsciente deslizó una mano a su pubis alargando sus dedos para sentir más abajo entre sus pliegues, que tampoco quedaba rastro alguno del flujito de su reciente y generosa excitación. Pero ella no lo había soñado.. Había sido real y tan real que había podido sentir como su vulva empapada y encendida se estremecía al contraerla contra sus muslos. Tan segura estaba de aquello que se las acercó al rostro y las olió tímidamente para descubrir que tampoco habían quedado impregnadas del aroma de su acaloramiento intenso.

Patricia lanzó la prenda con rabia a la otra punta de la habitación y se dejó caer sobre la cama sin ganas de pensar.. Sin ganas de pensar, ni de comprender.. Habían sido demasiadas cosas y emociones en poco tiempo… Y allí desnuda de piernas para abajo se recogió sobre si misma hasta que se quedó totalmente dormida.

Se despertó una hora y media más tarde, sobresaltada con el ruido de un camión que cruzaba por debajo de su calle y que hizo temblar hasta los cristales de la ventana. Se incorporó sobre la cama y al verse desnuda, los recuerdos olvidados durante el sueño regresaron famélicos a su cabeza. Decidida a deshacerse de ellos, Patricia se levantó de la cama y se desnudó por completo, dejando su ropa esparcida sobre la cama. Cogió de su armario una toalla limpia y se dirigió al cuarto de baño donde abriendo la mampara de la ducha accionó sus mandos para dejar correr el agua unos instantes mientras se atemperaba. Dejó la toalla sobre su percha y se metió debajo del agua dejándose lamer entera por la purificadora sensación del agua tibia. Cerró los ojos y se dedicó únicamente a centrarse en el bienestar que los miles de gotas de agua despertaban en su piel, en el calor agradable de esas pequeñas caricias y el abrazo del vapor en su cuerpo. Cuando se sintió totalmente imbuida por el cálido y reparador placer del agua, metió la cabeza debajo de la delicada lluvia dejando que esta empapase su rostro y su larga cabellera morena.

Se enjabonó el cuerpo despacio con las manos dejando que fluya la espuma por la piel de sus brazos, por sus pechos, por su vientre y sus muslos, y deleitándose con el delicado perfume de melocotones de la mezcla jabonosa. Patricia dejó espumar el champú en sus cabellos un par de veces antes de darse por satisfecha, y cerrando las llaves de paso del agua, salió de la ducha buscando con la mano la toalla que colgaba frente a ella. Se secó sin prisa alguna recorriendo las distintas partes de su cuerpo con la suave tela de algodón y después, se frotó enérgicamente el pelo para sacarle al máximo la humedad. Para terminar, se agachó lanzando su cabello hacia adelante con un golpe de su cuello y lo cubrió con la toalla envolviéndolo sobre su cabeza.

Así, y totalmente desnuda a excepción de su gorro improvisado, Patricia regresó a su habitación y comenzó a recoger la ropa que había ido dejando esparcida por su habitación. Cuando sus ojos se posaron sobre las braguitas que yacían en el suelo de la habitación junto a la pata de la silla, vio que habían recuperado su color gris. Dejó la ropa sobre la silla y se acercó despacio para recogerlas y tan pronto como tocaron su piel… de nuevo aquel cosquilleo tan familiar se apoderó de su mano y su antebrazo. Aquella prenda intima reaccionaba a su tacto y de ello ya no le cabía la menor duda. Las acercó a su vientre y la sensación fue devastadora… En apenas unos instantes, miles de impulsos placenteros atravesaron su cuerpo recorriéndola de la cabeza a los pies, como fuegos artificiales derrochando luz y colores con cada estallido y haciendo que casi perdiese el equilibrio. Se tambaleó ligeramente pero logró apoyarse sobre el respaldo de su sillón para no caer. Como presa de un extraño trance hipnótico, Patricia volvió a ponerse las braguitas lentamente mientras sentía su cuerpo arder de pura excitación. Jamás había sentido nada parecido, tan salvaje y tan fuerte. Todo su ser le pedía a gritos liberar aquello que por la tarde le había sido negado.

El zumbido de su móvil atrajo su atención y cuando lo sacó del bolso…

“Batería Baja. Apagado de terminal y dispositivos inminente. Ponga su terminal G-Wireless a cargar”

(Continuará…)

Wireless VI

Patricia estaba paseando después de una deliciosa comida. Eligió una avenida larga bordeada de moreras, que a esas horas de la tarde proyectaban deliciosas combinaciones de sombras e hilos de luz sobre el jardín que recorría la vía en toda su extensión como una enorme columna vertebral de flores, bancos y arbustos, y donde transeúntes de todas las edades disfrutaban de aquel maravilloso bienestar lleno de vida y colores primaverales.

Le gustaba recorrer tranquilamente aquel lugar sin tener que pensar en nada más que en el deleite que le llegaba a través de los sentidos. Aquella tarde se sentía especialmente bien después de comer en su lugar preferido. Le llegaban el aroma de las flores, el trino de los pájaros, la brisa, las risas de los niños que jugaban por el parque, y todo lo procesaba dejándose llenar por todas y cada una de aquellas sensaciones maravillosas y que tanto disfrutaba.

Se dejó llevar de tal modo que sintió en su cuerpo los efectos suaves de la primavera. Se sentó en un banco y cerró los ojos permitiéndose flotar entre las sensaciones que se deslizaban por su cuerpo. Sintió la fricción suave de su sujetador sobre los pechos, que pronto florecieron dulces ante la sutil caricia de la tela. Sintió el ardor en sus mejillas encender su rostro con el candor púrpura del deseo. Sintió el finísimo vello de sus brazos erizarse con el aliento cálido de la brisa cual un amante recorriendo su piel con la caricia de sus ardientes labios. Sintió con deleite la sangre de sus sienes latir para lanzarse con fuerza a la deriva por sus venas despertando cada rincón de su cuerpo, y sintió el rocío de la excitación entre los suaves pétalos de su intima feminidad. Humedeció sus labios discretamente, y dejó salir su deseo, su feminidad y el calor que encerraba disfrutando plenamente aquella maravillosa sensación.

Un pitido largo seguido de unas vibraciones cortas la sacaron de su mágico trance. Su móvil estaba sonando en el bolso. Abrió la cremallera y metió la mano para sacarlo de su oscuridad, desbloquear la pantalla y leer aquella más que inoportuna notificación.

“Dispositivo G-Wireless con lectura de deseo positiva. Activando modo reflejo suave”

No tuvo tiempo de leer nada mas. Una embriagadora y delicada sensación recorrió toda su cintura, bajando hasta las rodillas y subiendo hasta su vientre. Patricia se movió sorprendida sobre el banco cerrando sus muslos y contrayendo sus piernas de forma refleja pensando que su imaginación y la sensación de deseo que llenaban su cuerpo le gastaban una extraña broma. Era un cosquillo electrificante que sentía a nivel de su piel, pero tan suave, tan delicado que sin darse cuenta dejó escapar un gemido que se apresuró en callar mordiéndose el labio inferior. No había nadie en la zona donde se había sentado y por suerte nadie lo escuchó.

Aferró su móvil con la mano mientras dejó que aquella maravillosa invasión de los sentidos la llenase por completo. Era como si aquel recorrido placentero respondiera a su mente estimulado delicada y maravillosamente las zonas mas sensibles de su encendido cuerpo. Patricia sintió las aureolas de sus pequeños pezones contraerse y sublevarse buscando las caricias de la tela que cubría sus pechos. Se contrajo de nuevo discretamente encerrando esta vez en ello una caricia de la cara interna de sus muslos y la ardiente necesidad de aprisionar su sexo entre la suave presión de sus delicados labios y sus fuertes piernas. Una punzada de puro placer recorrió toda su intimidad y creció por su vientre hasta llenarle la boca de un suave jadeo que a duras penas pudo contener.

¿Pero que le estaba sucediendo allí? Se escuchó pensar a si misma… Un nuevo pitido y una nueva serie de vibraciones estallaron en la mano que sujetaba su terminal. Desbloqueó la pantalla mientras la punta la lengua le recorría los labios aportando algo de humedad a una boca que se había quedado seca por la excitación.

“Dispositivo G-Wireless con lectura de flujo confirmada. Pasando a modo juego suave”

– “Uffff” fue lo único que se le escapó de la boca cuando sintió como sus braguitas se movían suavemente sobre la piel de sus nalgas, de su sexo, aumentando además la sensación eléctrica que recorría toda su feminidad hasta un punto en el que el placer se convirtió en sublime, y el mundo de su alrededor empezó a desvanecerse lentamente arrollado por el deseo, el calor, y el hambre de experimentar las más exquisitas sensaciones. Patricia se reclinó sobre el respaldo el banco y cruzó las piernas en un intento vano por mantener la compostura pero le estaba resultando extremadamente difícil contener todo lo que sentía. Su respiración agitada, las contracciones de sus piernas, la delicada sensación de hinchazón de su vulva, de sus pechos, el rubor de sus mejillas, y los gemidos que de vez en cuando acudían a su garganta como las volutas caprichosas de alguna poción exótica y divina. Cada vez se controlaba menos y allí, aquello no podía suceder. Era demasiado fuerte y más de lo que su pudor estaba dispuesto a tolerar. Y finalmente, con un esfuerzo de voluntad sobrehumano que estuvo a punto de costarle una perdida de conciencia, Patricia se levantó y se puso a andar con paso furioso por la avenida en busca de la estación de autobuses para llegar a su casa.

(Continuará…)

Wireless V

Patricia estuvo leyendo un buen rato y después disfrutó de las bondades de su nuevo terminal, instalando, navegando y probando su cámara de fotos con todo tipo de objetos que se ponían a tiro de su pequeño objetivo. Estaba gratamente sorprendida por la calidad de sus resultados.

Distraída por una sensación muy familiar que provenía directamente de su estómago, Patricia miró su reloj para descubrir que era cerca de la 1 del mediodía y que todavía no había comido nada, tal y como su hambriento organismo le estaba amablemente recordando. Decidió que sería una buena ocasión para dar un paseo por la ciudad y comer en su lugar favorito, así que, abriendo la puerta de su armario ropero, Patricia empezó a buscar prendas de vestir hasta conseguir aquella armonía de colores textiles que siempre disfrutaba llevar. Cuando estaba poniéndose los pantalones que había seleccionado vio la ensaladera con la braguita sobre su escritorio. Se acercó escéptica para ver el resultado y comprobó que no quedaba absolutamente nada de la solución que hacía un rato cubría la tela. Acercó sus dedos para tocar aquella prenda de vestir que mantenía su color gris y, cuando su piel entró en contacto con la tela, sintió un agradable cosquilleo en sus cálidas yemas. Tanto fue así que Patricia no pudo resistir tomar aquellas braguitas en sus manos sintiendo con placer aquella sensación recorrer sus manos enteras y prolongarse hasta sus antebrazos erizando su piel allí donde llegase.

El tacto de la tela había cambiado radicalmente de áspero a maravillosamente suave, ligero, y … ese delicioso cosquilleo. Patricia se sorprendió a si misma pensando en lo que ocurriría si se las ponía, y se sonrojó mientras sentía sus mejillas cambiar a un color deliciosa y discretamente púrpura. Se quitó los pantalones que llevaba dejándolos doblados sobre el respaldo de la silla y después, deslizó las braguitas que llevaba hacia abajo, agachándose y sacando uno a uno sus pies para dejarlas sobre su mesilla de noche. Cuando pasó frente al espejo de su habitación, este le devolvió la imagen de una mujer hermosa vestida únicamente con un sujetador. Patricia se miró unos instantes, volteando sobre si misma y mirando sus esbeltas piernas, así como las delicadas curvas de la parte baja de su espalda, que día a día y a base de tablas de ejercicios trataba de mantener en armonía con el resto de su cuerpo. Deslizó la mano por su vientre sintiendo su propio calor en la palma de la mano y después por el suave y cuidado vello que más abajo decoraba su delicado monte de Venus.

Después, tomo las braguitas G-Wireless y despacio se las puso para sentir mientras su manos subían arrastrando hacia arriba aquella delicada prenda, como la caricia de la tela sobre su piel la llenaba de aquella maravillosa sensación. Cuando se las terminó de colocar, Patricia estaba temblando por lo que estaba sintiendo. Aquella prenda parecía estar ajustándose sola a su talla, ciñéndola maravillosamente, abrazando toda la piel que protegía a la vez y… Aquel suave cosquilleo que la recorría por las las nalgas.. por su intimidad.. hasta la mitad de sus muslos y subía hasta la mitad de su vientre…

Pero… Tras un par de pitidos de su móvil nuevo, la sensación se detuvo de repente por completo y Patricia, con la respiración agitada y todavía con la sorpresa en la boca, se quedó de pie, con las manos sobre la tela de sus braguitas nuevas, como si hubiese estado bañada en un mar cálido cuyas aguas se hubiesen retirado de repente dejándola desnuda y privada de la dulce sensación de calor de su maravilloso abrazo.

Cuando se giró hacia el espejo se vio a si misma, con las mejillas delicadamente enrojecidas y al igual que antes, semi desnuda, pero esta vez con el sujetador y… No podía ser… Las braguitas habían adoptado por completo el tono de su piel y de tal modo fue, que de no haber comprobado por si misma que cubrían perfectamente su feminidad de la mirada de curiosos, y de poder sentir la presencia la prenda con los dedos, Patricia hubiera jurado que no llevaba puesto absolutamente nada.

Tomó su móvil para ver los mensajes y cuando lo desbloqueó pudo leer en la pantalla:

“Complemento G-Wireless detectado, calibración de la dermis realizada satisfactoriamente. Dispositivo listo y preparado para su utilización”

(Continuará…)