El encargo

Sentada sobre la mecedora de la habitación, junto a una limonada que comenzaba a perder el frío, se encontraba Mariela leyendo un libro de Maupassant cuyas líneas, que habitualmente lograban hacerla soñar, aquella tarde no conseguían llevarla más allá de los árboles del patio que resplandecían debajo de un espectacular sol de verano. La maravillosa diversidad de verdes y reflejos plateados que sus rayos producían sobre las hojas de las moreras, convertían el patio en un edén en cuyo centro una pequeña fuente de piedra, con la figura de Afrodita naciendo de la espuma del mar, dejaba fluir sus aguas con un susurro musical y refrescante.

Era una tarde cálida y húmeda del mes de Junio. Mariela, después de sus exámenes finales, había decidido quedarse en Valencia para pasar el verano y poder disfrutar de la costa. Era su pequeña recompensa por un año de duros estudios. Su compañera de piso Beatriz había regresado a su casa para pasar el Verano con sus padres, así que Mariela disponía del piso para ella sola durante unos meses que desde luego, pensaba aprovechar a conciencia.

Sentía todos los bordes de su camiseta de tirantes empapados por el sudor, pues aunque tenía la ventana abierta, no corría ni una pizca de aire y el calor era acuciante. Tenía el pelo recogido en un moño improvisado con un lápiz a modo de horquilla para que el aire le corriese por la nuca y los hombros, pero podía a menudo sentir diminutas perlas de sudor descolgarse por la parte trasera de su cuello y deslizarse traviesas por su espalda, hasta que la camiseta daba cuenta de ellas absorbiéndolas y haciendo que aumente paulatinamente esa sensación de humedad de las prendas de vestir.

Se levantó dispuesta a tomar una ducha cuando sonó el timbre agudo y molesto del fonoporta. Decidió no contestar, pues la mayoría de veces era publicidad o gente que aprovechaba para subir a pedir puerta a puerta. Pasó a su habitación donde del cajón de su mesilla, saco una braguitas limpias, unos chinos y una camiseta limpia de tirantes. Los dejó sobre la cama y abrió el armario para coger una toalla suave cuando de nuevo sonó el fonoporta, pero esta vez con la impertinencia del típico segundo timbrazo, largo e insistente.

Dejó la toalla sobre la cama y se acercó a la puerta para descolgar el microteléfono.

“¿Quien ?”

Preguntó resignada.

“Buenas tardes, soy de Nacex y traigo un paquete para las Señorita… A ver.. Si.. Beatriz Noguera.”

Contestó el dispositivo con una voz ligeramente metálica.

“Está de vacaciones”

Contestó Mariela.

“No volverá hasta principios de septiembre”

“Es que hemos sufrido unos retrasos por vacaciones del personal, y esto debió entregarse la semana pasada. Por favor, necesitamos dejarlo entregado pues ella ya ha pagado por esta mercancía”.

Mariela lo meditó unos segundos después de los cuales pulsó el botón de apertura.

Unos minutos más tarde, y tras firmar sobre una pantalla electrónica que no funcionaba demasiado bien con la parte trasera de un bic, despedía al mensajero a cambio de un pequeño paquete entre sus manos para su ausente compañera de piso.

No había publicidad, ni mención alguna del remitente, pues únicamente tenía el código pdf de la compañía de mensajería y el nombre y dirección del destinatario. Lo sopesó y después lo sacudió brevemente para escuchar un traqueteo sordo en su interior. No había ni una sola pista sobre lo que aquello contenía o podría ser.

Se olvidó un momento del paquete dejándolo sobre la mesa del comedor para dirigirse a su habitación, recoger la ropa limpia y la toalla recién lavada, y finalmente meterse en el cuarto de baño.

Abrió la cortina de la ducha y giró el grifo del agua caliente para que fuese cogiendo temperatura. Mientras tanto, se fue sacando una a una todas sus prendas de vestir y se quitó el lápiz del pelo, soltando su larga cabellera morena que le llegaba a mitad de la espalda.

Cerró el agua y después se sentó unos minutos sobre el inodoro para vaciar su vejiga pues el cambio de temperatura al quitarse la ropa y el litro de limonada que había tomado, estaban ya causando una presión difícil de resistir.

Después de secarse delicadamente con un trocito de papel, tiró de la cadena y entró en la bañera cerrando la cortina, para tomar una ducha purificadora.

Abrió apenas el agua caliente, luego la fría para lograr una temperatura agradable y se metió debajo de la fina lluvia que dejó caer sobre ella mientras muy lentamente sentía su cuerpo inundarse de la maravillosa sensación que el agua templada producía mientras invadía su piel. Sintió como las diminutas gotas de agua se deslizaban por su pelo… Por su cuello… Por sus hombros… Sus pechos, su espalda y sus muslos. Se dejó inundar por el líquido intercambio de calor durante unos largos minutos con los ojos cerrados y deslizando sus manos por su piel para profundizar en las sensaciones de una ducha reparadora.

Tomando el champú, lo vertió en la palma de su mano y se enjabonó el pelo con un suave masaje de la yema de sus dedos. Después, se enjabonó el cuerpo con un suave gel perfumado de amapolas y, tomando su maquinilla Venus, se sentó en el borde de la bañera, para repasar lentamente sus piernas y posteriormente, con una paciente y delicada atención, cada una de sus ingles hasta que su delicado jardín quedase de nuevo aseado, con el vello adecuado y apto para los bikinis nuevos adquiridos en las rebajas.

Se enjuagó lentamente debajo del agua tomando su tiempo mientras se sintió renacer y sin poder contener una sonrisa pensando en el canto de la fuente del patio, con su afrodita emergiendo de las aguas, y el aroma del Eden mezclado con la fragancia de las amapolas del delicioso jabón.

Salió de la ducha envuelta en su toalla grande, suave y azul celeste, y después de secarse enérgicamente el pelo, se envolvió de nuevo para dirigirse a la habitación, pero cuando pasó delante de la mesa del comedor, sus ojos se fijaron de nuevo en el diminuto y enigmático paquete.

Lo tomó de nuevo en sus manos, buscando indicios de su remitente, alguna marca o señal del origen, o cualquier cosa que le indique la procedencia, pero no encontró absolutamente nada. Aunque decepcionada, su mente ágil y ávida de información se convenció rápidamente de la necesidad de recurrir a una vil estratagema, disfrazada esta vez, en el deber de averiguar el misterioso contenido por si aquello fuese vital e imprescindible para su amiga, claro estaba, con la más pura e inocente de las intenciones.

Se sentó sobre su cama con su pequeño rehén y comenzó, pasándose nerviosa la punta de la lengua sobre los labios, a separar laboriosamente los bordes pegados del envoltorio para liberar su contenido. Despacio, lo fue desenvolviendo hasta encontrar con entusiasmo una caja lisa de color negro en su interior, aunque tampoco le aportase nada de su contenido. Decidida a llegar hasta el final, abrió el pequeño estuche pero al no llevar indicaciones, no se dio cuenta de que lo sostenía boca abajo y entonces vio caer sobre la toalla que cubría sus rodillas, todo su ansiado contenido.

Mariela tardó unos segundos en reaccionar a la sorpresa y entonces comenzó a analizar los objetos que tenía sobre sus piernas. Había un cargador muy parecido al de un de móvil, un folleto pequeño de instrucciones, y un saquito de terciopelo negro con un lazo rojo.

Claro, aquello tenía que ser a buen seguro algún mp3 pues sabía que Beatriz era una amante de los dispositivos electrónicos. Sin embargo, no fue un mp3 lo que Mariela descubrió a abrir la lazada de aquel saquito y dejar caer en contenido en su mano. Fue un curioso objeto de color rosa, diminuto, ovalado, ligeramente alargado y simétrico; con un hilo suave de algún material plástico colgando por su parte inferior, lo que la palma de su mano recibió.

Intrigada Mariela lo dejo a un lado de la cama y tomo el libro de instrucciones para averiguar algo más pero entonces, observando los dibujos, y con la boca abierta, dejó escapar una exclamación de sorpresa.

“La madre que la parió, la muy…!”

Exclamó en voz alta.

Se ruborizó pensando en lo que había descubierto, imaginando a Beatriz disfrutando de su adquisición en la oscura intimidad de su habitación, y sin poder evitarlo un extraño escalofrío le recorrió la espalda.

Se levantó de un salto como impulsada por un muelle invisible, mientras miraba las piezas esparcidas sobre el juego de sábanas que cubría su cama. Sentía un calor extraño en las mejillas mientras pensaba en lo que terminaba de ver, y sin percatarse se llevó las manos a la cara para sentir el rubor de sus mejillas en los dedos. Las encontró ardientes, curiosamente ardientes. Sacudió la cabeza para aclararse las ideas y recuperar el control de su mente, y después  se sentó de nuevo sobre la cama para recoger cada pieza y guardarla en su lugar.

Cuando tomó el pequeño óvalo rosado entre sus dedos, se quedó mirándolo con detenimiento. Era una pieza pequeña con unos tres centímetros y medio de grosor en el centro y dos centímetros en sus extremos redondeados, lo que le confería el aspecto de un huevo ligeramente alargado y simétrico por ambos lados. Lo sintió de textura muy suave y no parecía plástico, pues aquello superaba con mucho su calidez. Instintivamente reaccionó como un niño que quiere explorar un objeto con más precisión, y lo acercó a la piel de sus mejillas donde le sorprendió su suavidad extrema. Lo deslizó sin darse cuenta de ello hacia sus labios cuya dermis más sensible se encendió con el tacto del delicado objeto.

Mariela se sorprendió sintiendo un escalofrío poderoso recorrer sus muslos hasta un lugar que ella conocía bien y sofocada, separo el objeto de sus labios. Cuando lo que estaba trotando por su cabeza se materializó, sintió el acentuado rubor de sus mejillas. Se sentó cómodamente sobre la cama apoyando su espalda sobre el ejercito de almohadas que poblaba su habitación y tomo entre sus dedos el pequeño dispositivo, sintiéndolo, pasándolo de una mano a la otra, aumentando la sensación de contacto con su piel.

De nuevo lo acercó a sus mejillas que esta vez ardían de un cálido fulgor, mientras sentía una suave excitación crecer en su interior. Lo acarició con los labios y esta vez se lleno de la delicadeza extrema de su suavidad y despacio lo llevo por su barbilla, su cuello… Mariela cerró sus ojos visualizando las sensaciones en su piel y un suave gemido que salió de su garganta la pilló por sorpresa.

Siguió bajando despacio hasta sentirlo en la fina piel de sus pechos, y en la delicada cima de sus pezones. Pudo sentir como muy lentamente la dermis de sus aureolas reaccionaba a tal suavidad contrayéndose y formando la dulce y electrizante erección de su tierno pezón.

De nuevo un dulce gemido escapó de sus labios. Esta vez Mariela abrió los ojos y sosteniendo el dispositivo antes sus ojos, lo observó totalmente embelesada. En en centro de la parte ancha, el ovalo parecía separado en dos por una diminuta linea que unía las dos mitades y, cuando ella las hizo girar suavemente como un pivote, con un suave click, el pequeño invento cobró vida.

¡ Que maravilloso cosquilleo en sus dedos ! Mariela lo colocó de nuevo sobre su pezón y fué una descarga eléctrica de puro placer lo que la atravesó entera terminando justo en la intersección de sus muslos. Juntó las piernas contrayéndolas con fuerza para recrearse en esta sensación delirante que recorría su cuerpo. Despacio fue bajando el juguete por su vientre y luego por su ombligo y su bajo vientre, hasta que lo levantó para colocarlo en la cara interior de sus muslos, para deslizarlo hasta su ingle. El placer que estaba sintiendo no tenía palabras. Solo su agitada respiración era testigo del galope desenfrenado de su corazón y de las sensaciones que recorrían su cuerpo encendido de pura excitación.

Mientras el juguete ascendía en busca de su otro seno, Mariela aventuro despacio unos dedos a su boca para bajarlos después lentamente hacia una exploración de su sexo que sentía arder como pocas veces. Sintió sus labios ligeramente hinchados de deseo y percibió una suave perla de humedad desbordar de su delicada vulva. Presión suavemente con sus dedos conocedores de su delicada anatomía, y sus labios cedieron a la irresistible petición, abriéndose como pétalos al rocío de la mañana y empapando sus dedos de su fluida embriaguez. Los recorrió despacio esparciendo su excitación, sintiendo crecer en ella el deseo, el tono, el calor abrasador y dejandose llevar por la locura emotiva del exquisito momento.

Mariela acercó el huevo rosa a su cálido sexo y con los ojos cerrados pudo sentir, en toda su intimidad, una vibración tan intensa que le hizo arquear la espalda para contener un gemido que la recorrió entera hasta salir por su boca abierta en una sorda exclamación al placer divino. Sentía como las contracciones reflejas de su sexo iban en aumento, una tras otra, y entonces colocó la punta del huevo en su diminuta entrada y presionó suavemente. Su lubricación y la vibración hicieron el resto, y el huevo penetró su feminidad sin forzar nada, buscando el camino hacia la profundidad de su alma.

Mariela lo sintió adentrase, abriéndola lentamente y con una suavidad sin límites. La invadió de su poderosa vibración dejando un camino sembrado de extasis y lujuria a su paso. Cuando alcanzó su punto G, tomó con sus dedos el extremo del hilo de su base para detenerlo allí mismo mientras con sus otros dedos, Mariela aplastó suavemente el capuchón que cubría su clítoris despierto de pura excitación. Tiró suavemente del hilo hacia atrás y lo mantuvo allí vibrando, en aquel punto, tirando y aflojando para sentir esa sensación eterna de apertura y cierre de su vulva. Sus piernas temblaban por el sublime placer de las contracciones, mientras en su vientre se formaba la maravillosa y creciente sensación de placer palpitante. Sus sienes latían invadidas por el alocado pulso de su corazón, mientras sus dedos rozaban delicadamente la punta de su pequeño y encendido clítoris. Y entonces, sin que pudiese retenerlo más, con el clamor de una supernova, estalló en su cuerpo la atronadora magia sinfónica de su orgasmo. Mariela se abandonó a un éxtasis de pacer devastador que la lanzó hacia atrás con unas contracciones furiosas y fuertes que le obligaron a juntar las piernas y contraerse una y otra vez… al borde de la locura.. a punto de perder la consciencia, con olas que se formaban en su interior y la recorrían entera, una y otra vez. Y allí tendida, gimiendo y sollozando de placer, se entregó al frenesí de un orgasmo salvaje y liberador. Muy lentamente, Mariela fue recobrando el control perdido de su cuerpo, y poco después, se quedó dormida totalmente exhausta y sumida en el éxtasis más profundo.

Había sido una tarde cálida y húmeda del mes de Junio. Mariela estaba reclinada sobre la barandilla del pequeño balcón que daba al patio. Sonreía y se recreaba en el aroma de las moreras, la suave frescura del final del día, y el susurro de la fuente que todavía se bañaba en los últimos rayos de sol, y desde la cual, Afrodita emergiendo de las aguas parecía sonreirle con cierto aire de complicidad femenina.

Fin.

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